 Imagen de Bertold Brecht. Foto: Archiv
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La multitudinaria reapertura del teatro Admiralspalast inaugura la ronda de homenajes al dramaturgo
Berlín. Bertolt Brecht se apoderó de Berlín, en el 50 aniversario de su muerte, con su anticapitalista musical Dreigroeschenoper -La ópera de los tres peniques-, convertido en acontecimiento multitudinario para la reapertura del Admiralspalast.
La dirección de Klaus María Brandauer fue abucheada sin compasión, el ídolo del punk Campino señoreó como Mackie Navajas
y la actriz Katrin Sass se llevó la mejor ovación de las 1.700 butacas
a rebosar de ese casi centenario teatro, en el corazón de Berlín.
Ni la puesta en escena ni la producción de esa Ópera -de los tres peniques o centavos
, según las versiones- pasarán a la historia, pero el estreno del
Admiralspalast dio un pistoletazo de salida mediático de impacto a la
ronda de homenajes a Brecht.
Del Admiralspalast salió el público con la balada Die Moritaet von Mackie Messer en los labios. Para ayudar al personal a corearlo dentro, el popular Bild publica su texto íntegro, tal como hizo, cuando el Mundial de fútbol, con el himno alemán.
A
poca distancia de la Berliner Ensemble, el teatro fundado por el
dramaturgo y su esposa, Helene Weigel, el Admiralspalast supo colocar
su estreno oportunamente a tres días del aniversario de su muerte -el
14 de agosto de 1956- y se aseguró con ello los flashes.
Campino
estuvo en su debut como actor sobre un teatro muy a la altura de su
papel de rey de los bandidos, tan macho, truhán y guapo como se
esperaba verlo y, encima, cantó bien.
Sass bordó el papel de
madre de Mrs. Peachum, la metomentodo y sin escrúpulos madre de la
novia, y ésta, Polly, interpretada por Birgit Minichmayr, dio asimismo
la talla a su papel, como la mayoría del resto de intérpretes.
Los abucheos a Brandauer -merecidos, puesto que si algo faltó fue ritmo
a la balada compuesta entre Brecht y Kurt Weill- fueron un episodio
hasta simpático y el aludido se permitió bailar a su son, en una noche
acorde con el peculiar glamour berlinés.
El teatro,
abierto en los años 20 sobre lo que fue, en 1887, un balneario, estaba
a medias. La escalinata hacia los palcos era un paisaje de lamparones
de cemento y por todos lados asomaban cables por conectar.
Varios autocares fletados por el Deutsche Bank bloquearon la
Friedrichstrasse, ya abarrotada de curiosos, con el desembarco de sus
invitados, a los que luego se sirvió sopa y canapés previo pago de una
cuota al Strassenfeger, el diario de los sin techo.
Ahí estaba el máximo líder del capitalismo dicho salvaje
a la alemana, Josef Ackermann, presidente del Deutsche Bank
-patrocinador del estreno-, alternando más o menos con correligionarios
de Campino, líder de la banda punk Die Toten Hosen .
El
cóctel de elementos contrapuestos cuadró y el Admiralspalast, a cuya
apertura se dio luz verde apenas 24 horas antes, tuvo su noche de
gloria tras casi diez años cerrado. Hasta dentro de unos meses aún no
se habrá completado su remodelación, con club de copas y, de nuevo,
balneario incluido.
El teatro ha sido en sus casi cien años como
tal testigo de la compleja historia berlinesa: de teatro de variedades
en los 20 pasó a acoger operetas y a ofrecer su palco a Hitler, para
pasar luego a recibir a la dirigencia comunista, en el sector
germano-oriental.
Diario de Noticias 13.08.2006